"Ya no estamos escribiendo sobre el futuro"


¿Qué te hizo ser escritor? Dijiste que no fue por dinero, pero, ¿cuándo hiciste tus primeras ventas y cuánto tiempo antes empezaste a escribir?
—Empecé mi primera novela cuando tenía trece años. Me enseñé a escribir a máquina y comencé mi primera novela cuando estaba en el octavo grado. Se llamaba El retorno a Liliputh. En ese momento me graduaba de la secundaria y escribía regularmente, una novela tras otra, ninguna de las que se vendió, por supuesto. Después, hice mi primera venta en 1951 y mis primeras historias fueron publicadas en 1952. Entonces vivía en Berkeley, conocí a un montón de gente que escribía novelas muy literarias y a algunos de los mejores poetas avant-garde del área. Todos me impulsaron a escribir, pero no había ningún impulso para vender nada. Sin embargo, yo quería vender y quería escribir ciencia ficción. Mi mayor sueño era poder escribir ambas cosas, textos literarios y ciencia ficción. 

¿Por qué dejaste de escribir temporalmente a fines de la década del cincuenta?
—Para 1959, el campo de la ciencia ficción había colapsado del todo. Los lectores se habían reducido drásticamente a 100.000 individuos en total. Y para mostrarte cuán pequeño es ese número, baste decir que sólo una novela mía, la primera, La lotería solar, vendió 300.000 copias en 1955. Pero a fines de la década, muchos escritores habían abandonado el campo. No podíamos ya vivir de escribir ciencia ficción. Yo había ido a trabajar de joyero con mi esposa. No era feliz, no me gustaba hacerlo. No tenía para ello ningún talento. Es un hermoso arte, pero yo no podía hacer nada, sino pulir lo que mi esposa hacía. Entonces decidí que era mejor que me pusiera a escribir para no tener que hacerlo más. Teníamos una pequeña cabaña a la que fui con una máquina de escribir portátil de 65 dólares, hecha en Hong Kong —su letra “e” estaba hundida. Allí comencé con casi nada, sólo el nombre de Mister Tagomi escrito en un pedazo de papel. En esos días estaba leyendo mucho de filosofía oriental, mucho de budismo zen, leyendo también el I Ching. Era un poco para seguir el zeitgeist, el espíritu de la época. Entonces, a partir de ese nombre y con esas influencias, comencé a transcurrir una senda. Era eso, o volver a pulir joyería. Cuando tuve el manuscrito terminado, se lo mostré a mi esposa, que dijo: “Está muy bien, pero nunca conseguirás más de 750 dólares por él. No estoy ni siquiera segura de que valga la pena que se lo muestres a tu agente”. Yo le dije que eso no me importaba y, así, El hombre en el castillo fue comprado por una editorial por 1.500 dólares, más o menos lo que ella había predicho.

Sin embargo, tuvo un gran éxito de crítica, en parte porque tuvo la buena fortuna de ser elegida por el Club del Libro de Ciencia Ficción. Si no lo hubiera sido, seguramente no habría ganado el Premio Hugo.
Tengo que admitir que por años quise escribir una novela sobre un mundo alternativo, en la que el Eje haya ganado la Segunda Guerra Mundial. Tuve que pasar por siete años de investigación en la Universidad de California-Berkeley antes de escribirla. Y también, porque podía leer alemán, revisé documentos de la Gestapo reservados exclusivamente “para los altos rangos de la Policía”. 

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