La reina del cyberpunk


La reina del cyberpunk

La ciencia ficción tiene una rama pesimista que escarba en una intuición popular muy arraigada: las nuevas tecnologías han ido demasiado lejos o bien son una amenaza latente para la supervivencia humana. Esta línea argumental -tan antigua como el género- recibió en los ochenta el nombre feliz de cyberpunk. Su heraldo fue el norteamericano William Ford Gibson, cuya novela ‘Neuromante’ se considera el manifesto fundador de la secta que sospecha de las computadoras y de la inteligencia artificial.

El cyberpunkismo, naturalmente, inspiró (e inspira) a Hollywood. La saga “Terminator” y la trilogía “Matrix“ han sido leídas como integrantes del subgénero. También podemos incluir a la muy interesante película que disfruté el domingo pasado, mientras jugaban Boca y River, la única forma de garantizarme que en el majestuoso Atlas Lavalle no hubiera más de quince personas. Y así fue. ¿Quién puede gozar de un film en una sala repleta de argentinos?

“Surrogates” (“Identidad sustituta“, en castellano) le permite a Bruce Willis interpretar su papel favorito: agente de la ley algo decrépito, irrompible y con problemas familiares que salva a sus semejantes. En esta ocasión impide la muerte de mil millones de personas y cambia el curso de la historia. La película imagina un presente alternativo donde ya no es necesario salir a la calle. Nuestro ‘sustis’ lo hacen por nosotros. Son robots que nos vende una poderosa multinacional, según las fantasías y anhelos más íntimos. Es decir, son como nos gustaría que nuestro cuerpo siempre fuera. Lo bueno es que ya no hay homicidios ni nadie pierde un ser querido en un accidente de tránsito. Lo malo es que los trabajan, bailan, copulan y viajan al extranjero son los sustitutos que cada noche se recargan como un teléfono celular. Los humanos permanecen en sus camas recibiendo estímulos sensoriales de sus dobles directamente al cerebro. Es un ‘Second Life’ forzado hasta sus últimas consecuencias. Pero un buen día, alguien empieza a liquidar con una sobrecarga eléctrica a los sustitutos y, de paso, a sus operadores. Se sospecha de los ‘dreads‘, esa porción de la humanidad que vive recluida en reservas desdeñosas de las tecnologías de punta. No diré más.

Ya en casa, me chistó el estante de la ciencia ficción. Allí me reencontré con una vieja amiga. Terminé ese hermoso domingo releyendo ‘Matrices‘, de Pat Cadigan (Estados Unidos, 1954), la “reina del cyberpunk” según la definió el diario ‘The Guardian‘. Se trata de una agradable colección de cuentos que editorial Cántaro reimprimió en 2006. El prólogo y la traducción -cómo no- son de Elvio Gandolfo. Cada uno de los trece relatos cuenta con una inusual introducción: la autora explica cómo fue su proceso creativo. En ‘El poder y la pasión’, por ejemplo, nos anticipa: “Si necesitas un asesino de vampiros, lo mejor no es un fanático que podría acabar de modo inoportuno, sino un psicópata de manual. Sin embargo queda un gran problema: ¿cómo impedirías que un psicópata se una al otro bando? En realidad éste es un cuento sobre la pornografía. ¿Sabes qué es la pornografía? ¿Estas seguro?”.

Esclavos de la tecnología

‘Matrices’ fue publicado por primera vez en 1991. Entre otras pesadillas tecnológicas, pronostica las desdichas de los futuros dioses del rock, esclavizados para proporcionar a las masas visiones frenéticas de música y danza. También resulta perturbador el relato ‘Otro que toma el camino‘ que alude a la obsesión de cierta gente por el estado físico y al efecto rebaño. Millones de personas no pueden dejar de acoplarse a una maratón infernal que atraviesa Estados Unidos de punta a punta. En ‘El cruce del Chico Lindo‘, los tarados de discoteca (como el Charro Chino armó) eligen transformarse en videos, con el fin de ser admirados eternamente. Es decir, una máquina degrada a las personas en información mágica para ser consumida por el público sencillo. El Facebook, creo, hace lo mismo.

Mis dos cuentos preferidos incluyen alienígenas. En ‘Rescate en la ruta´ hay un extraterrestre que exhibe “un toque de insolencia erótica torcida“, como anticipa Gandolfo en el prólogo. Tiene consistencia gelatinosa, forma y piel gruesa de foca, color de hueso y se excita con las ondas sonoras creadas por la voz. Recompensa bien a los incautos prostitutos.

La colección de relatos breves va de menor a mayor y alcanza la cima en el magnífico y premiado Angel. Retrata a un alienígena exiliado y generoso, que se alimenta de la energía cinética emocional que se desprende, por ejemplo, de una buena pelea a puñetazos. Angel fue exiliado a esa colonia penal atrasada que se conoce como la Tierra. Su delito fue negarse a copular. El texto incluye una apretada teoría metafísica: el universo no conoce, ¡ay!, el bien y el mal sino la intensidad, es decir, sólo lo más o lo menos. Que nadie conciba una esperanza.

Es éste pues el único libro de “la reina del ciberpunk” (a Cadigan, empero, no le gusta el mote) que ha llegado al castellano. A ver, ¿dónde hay un editor valiente que nos traiga en 2010 alguna de sus elogiadas novelas?

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